Delirio solitario

unnamed-flores

Relato – cuento corto

Lo he tenido todo, por lo tanto, he decidido quedarme sin nada. Es un reinicio de mi vida, una necesidad latente desde hace ya varios meses. Como cuando apagas la música luego de pasar horas bailando desenfrenadamente, la calma para perturbar todos los sentidos. En mi trabajo no se van a molestar, después de todo sigo siendo el mismo de siempre, no es algo para lucir frente a los demás, ni me quiero sentir superior a nadie. Solo sentí las ganas de hacerlo, de disfrutar por un rato la vida de una forma diferente.

El minimalismo por el minimalismo, no es exactamente eso, pues ahora puedo pensar libremente, nunca había sentido plenamente eso antes. Apaciguar al máximo los estímulos exteriores, todo aquello fuera del alcance de mi control ha sido disminuido al máximo. No quiero nada de nada. Es una especie de capricho, la rebeldía no la veo muy bien dibujada en mis intenciones. Es similar a la pregunta ¿cuáles son las consecuencias de suprimir estos elementos de mi vida? Tal vez quiero hacer de mi vida un capítulo de una novela de Saramago, el gran pensador de este tipo de situaciones, y tener la oportunidad de vivirlo en carne propia. Para mí, es como un lujo.

No es alejarse de la modernidad, no. Tal vez la mejor manera de decirlo es, alejarse de la información. Eso es lo radical de mi movimiento. Mi novia de seis meses hace dos me dejó, se aburrió de pelear conmigo y un día le colmé la paciencia y gritó todos los insultos posibles, toda una serie de frases destructivas emergía delicadamente de sus dos hermosos pulmones. Somos un gran instrumento musical con piernas, en mi caso, setenta kilos de notas desafinadas. Acepté la ruptura como quien no sabe negociar. Ella me importaba, obvio, ahora mismo la extraño, pero la extraño como extraño los platos rotos y bonitos que dejados caer por no poner atención. Estábamos juntos porque así no estábamos solos, pero la armonía de pareja demanda sus sacrificios, y los dos nos quedamos muy rápidamente sin jóvenes vírgenes para entregar al volcán del dios celoso del amor.

Las semanas luego de ese problema fueron tediosas. Cualquier referencia a ella me ponía triste, pero era una tristeza asombrosamente falsa. ¿Nunca les ha pasado eso? La extrañaba porque quería sentir extrañarla. Pero en mi racional sabía muy bien que no nos queríamos demasiado. Estoy casi seguro de lo mutuo del sentimiento. Yo me daba cuenta de los pequeños desprecios desde el principio, de las insignificantes muestras de incomodidad con mi humanidad. No me sentía triste por eso, pues en otras ocasiones me han querido, y eso no se nota cuando todo funciona.

Tal vez lo más sorprendente fue verla expirar un pequeño suspiro de cansancio cuando le sugerí un cambio de pose en nuestro primer encuentro sexual. Yo continué como si no me diera cuenta, pero no podía evitar los efectos secundarios en mi cuerpo. Luego de eso, nunca más experimenté ningún sentimiento de agitación en nuestros encuentros, eran cuestiones mecánicas, simples, yo me limitaba a darle el placer demandado, de la manera en la cual ella me guiaba, tocame así, chupame aquí, apretame esto. Soy sincero, no me desagradaba, pero no eran para mí encuentros pasionales. Claro, ella no lo sabía, yo aceptaba todo eso porque dentro de mí, me sentía compensado. Su compañía me hacía falta.

Ella me hablaba siempre de su trabajo, me describía todo, como si yo fuera una especie de diario o de basurero para sus experiencias cotidianas. Una vez contada una experiencia, nunca más era mencionada. Pero me gustaba, al hacer eso yo me sentía como importante. Dentro de mí pensaba, alguien desea compartirme todos los detalles de su rutina, es algo impresionante. Me gustaba verla enojarse con los recuerdos del día, verla decir todas las frases que no pudo decir en la situación real. Ella me quería, yo también la quería. Pero todo se echó a perder, como naturalmente sucede con las relaciones donde no está la gente destinada a estar juntos, como usualmente me digo para consolarme.

Siempre salíamos, siempre, al menos tres veces por semana. No sé como, pero cada semana había una probabilidad de cien por ciento de que alguna de sus amistades festejara un cumpleaños, una despedida de viaje, un apartamento nuevo, un cambio de sexo (esa fue la más alegre de todas las salidas), o las ganas de visitar una nueva discoteca. Colores y más colores, la noche hace que las luces brillen más fuerte. Nunca había estado tan social en toda mi vida, y lo disfrutaba, realmente lo disfrutaba. La gente puede ser tan diferente, tan bella y con tantas ideas, hacer todo tipo de tonteras y también decirlas.

Esos días están lejos. Tal vez no los extraño, simplemente los recuerdo con simpatía. Ella no era extrovertida, pero nunca faltaba a esas actividades. Yo aceptaba las salidas sin muchos problemas, lo nuevo siempre es una especie de imán. Yo por ahora no tengo tantos contactos como para volver a tener ese tipo de rutina. Pero no me hace realmente falta. Era un poco cansado, aunque divertido. En mi trabajo nunca me llegó a afectar. Solo lo recuerdo todo eso con cierto desapego.

Encendí el quinto cigarrillo de hoy, son las dos de la tarde. Para fumar me gusta recostarme en el único sillón que poseo. No hay otro mueble. Es de dos plazas y al lado uso un banco para poner el cenicero. Fumo lentamente, pensando en todo esto, pensando en su risa y al mismo tiempo en su suspiro de resignación. En mi casa, o más bien en mi apartamento no hay nada. Me limité a mi sillón, un colchón, un microondas y una computadora. No hay nada más. Yo no cocino y puedo calentarme todo lo que pida. Para qué quiero una refrigeradora si me tomo la cerveza una vez comprada. No me hace falta nada. Mi vida es esta sala vacía. Y tal vez parecerá patético, pero era necesario. Necesitaba unas vacaciones del ritmo de la vida.

De hecho hice algo un poco radical. Vendí mi teléfono, y compré uno de esos básicos, donde solo se puede llamar. No tengo internet ni televisor. Cero información superficial me dije. Y al principio como un adicto me sentí sin consuelo. Pero me sentía todo un aventurero, estaba teniendo una experiencia extrema dentro de mi propia casa. Los días pasaban y yo nunca más me volví a enterar de los cumpleaños de la gente a que le dejé de hablar y ver desde hace miles de años. No me volví a enojar por opiniones de gente virtualmente invisible. Y noté algo muy peculiar, mi amor propio mejoró. En serio, mejoró. Aunque suene súper tonto ya no me comparo tanto con los demás. Y eso ha tenido su grado de positivismo.

Estimo que he tomado dos meses en adaptarme completamente a esta nueva vida, al punto de sentir un gran alivio cuando cruzo la puerta de mi apartamento al llegar del trabajo. No hay nadie esperándome con una fiesta nueva, no hay una serie de esperanzas de notificaciones dilapidando mi necesidad de validación, no hay historias tristes inventadas a la fuerza para poder obtener más vistas, no hay visiones políticas modificadas por periodistas enviados a crear sensacionalismo de la nada. No creo que dure mucho en este paraíso emocional, pues, como todo lujo, es valioso siempre y cuando se disfrute un momento.

Tal vez lo hice como una forma de darme un viaje low cost a algún templo budista, lejos de los trajines de la vida moderna. Es cierto, es una especie de medidas para purificar un poco el alma. No me sentía triste, pero mi reacción se debe a la siguiente verdad: acepté entrar en una relación en la cual ninguno de los dos estaba a gusto, acepté estar en eso a sabiendas que no iba a ser feliz, solamente iba a dejar de estar solo. Y al terminar quedé con ese sentimiento amargo del porqué.

Pero no estaba cuestionándome lo que hice mal para que no funcionara, no, como les dije, yo no estaba realmente involucrado, mis cuestionamientos van en la dirección de las razones por las cuales acepté algo no funcional, algo que ambos, sin decirlo, nos dimos cuenta que no era amor. Me entra una especie de escalofrío al pensarlo. ¿Estoy volviéndome cada vez más tonto o es realmente una búsqueda de un sentimiento puro?

Quise desprenderme de todo porque siento que algo anda mal, aceptar este tipo de relaciones amorosas no puede ser un buen signo. La vida va y viene, soy un ser frágil, soy un alma como cualquier otra, pero quiero por lo menos tener la emoción de la felicidad mutua. Me niego a aceptar el amor de la misma manera en la cual uno acepta un trabajo, como son escasos, el salario bajo y el mal ambiente laboral son compensados con la estabilidad y seguridad que da saber que cada quincena recibo la misma cantidad de dinero.

Tal vez por eso busqué este aislamiento simulado. Necesito más de mi, necesito escucharme. Pienso que al estar así podría comprenderme mejor, despejar mi mente y llegar a apreciarme mejor, no solo aceptarme. Si soy feliz conmigo mismo en un nuevo nivel, puede ser que eso me lleve a no aceptar otra relación de este tipo. Un hilito de amargura se me ha colado en el corazón al decir esto, pues puede pasar lo inesperado, lo radical, la locura de llegar a quererse tanto que no es posible ya nunca más aceptar a otra persona para amar. No lo creo, eso es una situación imaginaria extrema, incompatible con nuestro propio instinto.

* * *

Published by J. Sánchez Guevara

Mathematician teaching at University of Costa Rica, PhD (Université Paris 7) I love nature, movies and writing. jesus.sanchez_g@ucr.ac.cr

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