Un día sin colegio

en-el-cole

Relato – cuento corto

Casi inconsciente, a las seis de la mañana apagó la alarma del celular. Media hora después volvió a apagarla y tres horas después apenas empezó a desperezarse. El cuarto estaba medio en penumbra por las cortinas cerradas. Se movió hacia el borde de la cama para agarrar con la mano el celular que estaba en el piso. Otra vez se volvió a acomodar en la almohada y tenía el aparato frente a la cara. Había cuatro notificaciones nuevas, se le movió algo cuando vio que a Daniela le gustó la foto que se tomó ayer en el pasillo del cole. Se metió al perfil de la chiquilla para ver las fotos en traje de baño de su viaje a Jacó. Cinco minutos después con el ritmo y la respiración acelerados se limpió el buenos días con el calzoncillo y una parte de la pantaloneta.

Este viernes doña Xinia tuvo que ir a San José porque tenía una cita en el Hospital México. Hace una semana le habían dicho que le detectaron un cáncer en el seno derecho y necesitaban determinar todos los detalles del tratamiento. Estaba dejando que pasara un mes para contarle a Pablo, ella no estaba segura aún de lo que le estaba pasando, no entendía lo que significaba morirse dentro de un año. Aunque ausente, no estaba triste, ni se sentía desesperada, solamente que esta vez no tenía cómo responderle a la vida.

Pablo, como vio que su mamá no iba a estar en la casa sino hasta el viernes en la noche, aprovechó para no ir al cole. Se pegó un baño rápido y se desayunó un café con leche y un pedazo de pan con mantequilla, paté y queso crema. Eran como las once y media cuando agarró la bici y salió hacia la casa de el Chapi. El camino no eran más de tres kilómetros, se iba paralelo a la calle principal y luego había que doblar a la izquierda en una calle ya sin pavimento antes del súper chino. La casa estaba al final del camino empedrado, había estacionado un hyundai verde y se oía un equipo de sonido a todo volumen.

-Espere un momentito señora, el doctor Gómez está viendo a un muchacho de veinte años que vino de urgencia ayer, lo balearon para robarle el celular, le dijo la enfemera con exceso de confianza. Doña Xinia se sentó en la sala a leer el periódico. No leía mucho, mas bien estaba pensando en cómo iba a ser el tratamiento. De hecho, no sabía qué iba a pasar con su trabajo en la corte, esos detalles nunca los pensó, a ninguna colega le había sucedido un caso como el suyo en los quince años que estuvo trabajando ahí. Pero una de las cosas cosa que más le preocupaba era Pablo, su hijo. Por ahora, él está seguro en el colegio, despreocupado, sin saber lo que ella está atravesando en estos momentos. La nostalgia le empapó los ojos cuando le vino a la cabeza el fin de semana en San José hace catorce años que se dio con Jorge durante el tiempo en que su esposa estaba de viaje en Chile visitando a una hermana. Aunque la relación no duró mucho, Carlos fue el mejor recuerdo de ese amorío. Chiquillo que a pesar de todo, siempre se portó bien y vino a darle un escape a su necesidad de afección.

Agarrado de la verja del corredor pegó un grito para llamar al Chapi. Él estaba alrededor de los veinticinco años y se había mantenido solo desde hace un tiempo haciendo pasar todos los meses un par de maletas de Caldera a Chomes. Sin embargo, no le estaban pagando tanto y se redondeaba vendiendo en los alrededores de su barrio y a varias amistades. A Pablo lo conocía hace tiempo y ya lo estaba tratando de entrenar, quería tener una mano más en el negocio. Le abrió el portón de la casa y se sentaron en la sala frente al televisor gigante de pantalla plana que le dejaron como pago en especies el mes pasado. En el lado izquierdo del mueble del televisor había un revolver de bajo calibre, parecía nuevo. Pablo lo agarró y se puso a mirarlo maravillado. El Chapi le contó que tuvo una entrada grande de plata en este mes y aprovechó, se sentía más seguro ahora que tenía un arma nueva. Se la quitó de las manos y le habló bastante serio: -Mae, voy a necesitar que me guarde en su casa una plata.

El doctor Gómez la hizo entrar en su oficina. Le explicó de nuevo que, aunque lamentaba repetírselo, su caso está bastante avanzado, que se dieron cuenta muy tarde de la aparición del cáncer y por lo tanto dentro de una semana debían internarla para someterla a unas sesiones de quimioterapia. Le dijo que aunque fuese doloroso le iba a permitir extender en cuatro meses su estimado de vida. Xinia se dio cuenta que no podía ocultarle más la noticia a su hijo. Cuando salió de ver al doctor y firmar todos los papeles necesarios, buscó la soda del hospital y se sentó a comerse una empanada de pollo con un fresco. Qué raro, de pronto le gustaba mucho lo que estaba comiendo. Han pasado trece días desde que le contó a una compañera que tenía un bulto en el pecho, doce días desde que fue a la clínica y diez desde que su vida no parece más que un sueño, un sueño largo del que no se ha podido despertar, sintiendo cada vez que, si le da largas tal vez se acabe y despierte a su vida normal. Se decidió llamar a su hijo para contarle de una vez.

Afuera se escuchó el frenazo de un carro, salieron de él tres tipos y llamaron al Chapi desde el portón. -Puta sal, dijo mientras corría a abrir el portón. En ese momento sonó el celular de Pablo, -Diay mami ¿por qué me está llamando? Uno de los tipos tomó al Chapi del hombro y lo empujaron hasta llegar a la sala. -Mae tenemos que hablar y se sienta. El Chapi cayó en el sillón frente a Pablo y no paraba de ver asustado a los tipos. -¡Pablo! ¿dónde está usted? necesito hablarle, ¿qué es esa bulla? Pablo del susto dejó caer el teléfono en el sillón. -¡No se mueva güila! le gritó otro de matones. A Pablo le temblaban las manos y miraba de un lado a otro. -¿Creyó que no nos íbamos a darnos cuenta que nos faltaba un kilo? Con el nuevo mexicano ya no estamos para aguantar estas montadas. Hay mucha gente que por menos haría este mismo trabajo. Ya no nos servís para nada. -¿Pablo? ¡Pablo conteste! ¡quién es esa gente! ¡Pablo! ¡Pablo! ¡Pablo! El problema fue que el Chapi no era tan inteligente y dos balas para él y su desafortunado compañero fueron el precio a pagar por tratar de burlar a los nuevos dirigentes del ascendiente cartel.

* * *

Published by J. Sánchez Guevara

Mathematician teaching at University of Costa Rica, PhD (Université Paris 7) I love nature, movies and writing. jesus.sanchez_g@ucr.ac.cr

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