Hombre llorando afuera del hospital

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Relato Covid-19 número 4. Cuento corto.

El golpe emocional fue fuerte y repentino. Francisco llora desconsolado en una banca en las afueras del hospital Monseñor Sanabria. Tiene entre sus manos la blusa y los shores favoritos de Clara, eran parte de las cosas que le traía para los días en el hospital. Los aprieta fuertemente contra su cara para calmar el grito de dolor con los restos su olor. ¿Por qué Dios mío? ¿Por qué me la quitaste a mí? ¿Qué hice mal? grita con la fuerza de sus pulmones mientras un nuevo espasmo de dolor lo hace encorbarse para llenar aún más de lágrimas la ropa de Clara. La gente lo mira de lejos con ojos también tristes.

En un momento de calma, Francisco abre poco a poco sus ojos cansados, lleva veinte minutos en la banca martillándose el alma por la pérdida de su esposa. Vuelve a ver sus manos, las abre y las ve temblar. Se lleva las palmas a la cara, no quiere sentir más este mundo, no quiere ver la luz del día mientras su corazón se cubre en una penumbra amarga y lacerante. El mundo dejó de tener sentido para él de un momento a otro. Mi Clarita, mi Clarita ¿dónde estás? dice en una voz baja y tímida, como esperando la respuesta desde el más allá, y al saber sus palabras sin efecto, en todo su pecho siente el rayo fulminante del llanto que está por volver a iniciar. Dios mío porqué me la quitaste si no hicimos nada malo, habla hacia la nada en voz alta. Dios ahora que voy a hacer sin ella. Mientras decía estas palabras se la imaginó en la cocina sentada en una mesita cuando la sorprendió haciéndole el desayuno, unos huevos fritos con pinto, pan y café. Ella lo veía de forma romántica y sorprendida, pues por el tipo de trabajo de guardia nocturno, era casi imposible que coincidieran a esa hora del día. Fue un momento hermoso, pues el quería sorprenderla así antes de anunciarle que en un mes le cambiarían la jornada a diurna, y podría estar más tiempo con ella y los chiquitos. Se imaginó la sonrisa de Clara esa mañana, sus ojos brillantes y admirados por el esfuerzo que él estaba haciendo para sorprenderla en esa muestra de cariño. El llanto fue más pesado que nunca, el hombre no reconocía la realidad a su alrededor, rechazaba los acercamientos de sus amistades para calmarlo, no aceptaba ni un abrazo de compasión, sentía que su alma estaba siendo crucificada.

En el dolor se preguntaba una y otra vez porqué le tocó vivir esto, si en el país hacía meses se había controlado esta enfermedad. Las autoridades a pesar de un trabajo arduo llegaron a estabilizar los casos y hacer bastante baja la cantidad de gente activa, las actividades económicas del país estaban finalmente despertando, poco a poco, pero despertando. De hecho, la última muerte registrada había sucedido hacía un par de semanas. Aunque no se tenía aún una vacuna, el país desarrolló con la ayuda de las universidades públicas, tratamientos efectivos contra la infección. Por ese entonces se creó una red de laboratorios para aumentar las producción de dosis de estos tratamientos para exportarlos a los países más urgidos en Centroamérica. No supo que a él le tocó ser el compañero de la primera persona fallecida luego de esta época de relativa calma. El destino nos tiene a veces reservadas giros tan abruptos, como si no le importara en nada nuestros sentimientos.

Lo que él desconocía era el origen del contagio. Clara trabajaba en unos de los tantos restaurantes a las orillas del Paseo de los Turistas. Los protocolos de seguridad eran seguidos muy estrictamente por los dueños, pues les había costado una verdadera fortuna mantenerse a flote en medio de esta crisis, además no estaban interesados para nada en tener que dar pasos atrás debido a algún rebrote o mal manejo de parte de ellos. Eso no le convenía a nadie. Las autoridades, a inicios del 2021 empezaron con sus reservas a permitir el turismo proveniente de Estados Unidos, siempre bajo estrictos controles. Sin embargo, la profunda crisis política en la cual cayó una de las economías más grandes del mundo, hizo que rápidamente, una vez vista la oportunidad, las personas más adineradas buscaran emigrar a la península de Nicoya, huyendo de las condiciones de incompetencia en materia de salud pública de su país. Estos americanos empezaron a comprar en cuestión de un par de meses gran cantidad de propiedades, las compras se hacían por medio de empresas intermediarias en suelo nacional, que se encargaban de todo, para que al llegar al país el cliente simplemente llegara tranquilo a su nuevo hogar.

Pero la oleada de americanos fue descontrolada. La gente originaria de la península a su vez emigró y empezó a alquilar casas en Barranca, justamente las casas que dejaron las familias nicaragüenses al verse en las penurias de no encontrar más trabajo.

Inconscientes y despreocupados, los migrantes americanos empezaron a traer poco a poco al resto de sus familias, no les importaba ocultar los casos positivos, tenía dinero suficiente para poder hacer pasar a sus familiares enfermos, después de todo, los costos en sobornos siempre serían muchísimo menos a los costos de hospitalización en su país de origen. Pero a ellos no les importaba el lugar donde estaban, no les importaba el país ni la gente, pues ni les interesaba aprender el español, cada vez eran más los casos de americanos gritándole en la cara a Clara con un inglés limitado de vocabulario, porque la comida no les agradaba o se les tenía que decir de portar una mascarilla.

Y en una de esos intercambios con gente iracunda, Clara se topó con una señora positiva asintomática recién llegada del estado de la Florida, dueña ahora de una bella quinta en Malpaís. La señora le fue a reclamar fuertemente levantando la voz de porqué los menús no estaban en inglés.

Clara se empeoró rápidamente porque no se percató de sus síntomas, eran muy leves para tomarlos en serio. Ni siquiera le pasó por la cabeza. Pero un día en la mañana sintió al despertarse un gran bulto en el pecho que no dejaba respirar, la invadió una tos constante y violenta. Sentía que se estaba ahogando, no podía respirar. Francisco rápidamente la tomó entre sus brazos y la llevó en el carro al hospital, pues estaba a menos de dos kilómetros. Inmediatamente la entubaron y la internaron, presentaba una gran hemorragia en los pulmones.

La última imagen que tuvo de Clara fue cuando los paramédicos en sus trajes de protección se la llevaron para las entrañas del hospital. Un encargado le tomó los datos y como sospecho por estar en contacto con una paciente positiva le hicieron inmediatamente una prueba. Para ese entonces la Caja del Seguro Social había desarrollado una prueba rápida, que daba los resultados en unos quince minutos con una alta precisión. Así Francisco fue informado de que no estaba infectado pero le indicaron desinfectar el carro y la casa. Al ser él el único familiar de Clara, entonces dijo que volvería en un par de horas con ropa y cosas para ella. Y volvió y durmió ahí en las afueras del hospital toda la madrugada esperando noticias de su Clara.

Durmió con la inquietud revoloteándole la garganta. El miedo poco a poco se le condensaba a su alrededor. Las horas pasaban y las noticias no aparecían. Su mundo se vino abajo al día siguiente a las seis y media de la mañana. Cuando su celular lo despertó al quedarse dormido en el carro. Fue a una salita donde le volvieron a aplicar la prueba rápida, otra vez negativa, y al cabo de una media hora un médico le informó de la pérdida de su ángel y compañera de vida.

*  *  *

Published by J. Sánchez Guevara

Mathematician teaching at University of Costa Rica, PhD (Université Paris 7) I love nature, movies and writing. jesus.sanchez_g@ucr.ac.cr

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