Llegando a la casa

Llegando-a-casa

Relato – cuento corto

Estaba en la acera caminando de noche hacia mi casa, me faltaba una cuadra para llegar. Eran las ocho pasadas, los palos de almendro oscurecían la caminata pero refrescaban el aire.

Mientras camino siento los olores de la comida recién preparada en cada una de las casas por donde paso. En este momento del día las sobras recalentadas del almuerzo toman nueva vida. Tal vez ahora cuando llegue habrá esperándome un bistec encebollado acompañado de maduros fritos, arroz y frijoles. Otra posibilidad es el picadillo de papa, ese es un clásico de la casa, perfecto para la noche. Me encanta tomar un plato hondo, ponerle arroz blanco y encima el picadillo, una buena porción de picadillo. De esa manera los aromas y colores de la carne molida y el tomate pueden mezclarse con el arroz y volverlo todavía más apetitoso.

Sigo caminando, cuando de un portón de una de casa se asoma un hocico negro que me saluda, es el perro de doña Marta, una mezcla de todos los perros con otro montón más, para finalmente dar un resultado consistente, una criatura de pelo oscuro y corto, tamaño mediano y orejas pequeñas. Aunque me asustó un poco lo acaricio y veo claramente la sala de la pequeña casa, la familia de doña Marta está comiendo en la mesa, casi en toda la cuadra es la misma escena, la gente se reúne a estas horas para la comida, por eso es que no veo a nadie en la acera. Tal vez luego de comer, uno de los vecinos del frente, don Eduardo, saque la mecedora y se quede ahí viendo la gente pasar.

Yo estoy de paso, vengo por dos días antes de volver el lunes a San José por mi trabajo. Sin embargo, quiero estar aquí, quiero ver a los vecinos, quiero irles a hablar. Tengo miedo y necesito esa seguridad. Me levantaré temprano mañana y al ir a la pulpería buscaré esa conversación banal que es como oxígeno en este preciso momento. Quiero que me cuenten algo raro que les pasó a los chiquillos en la escuela: la maestra de Karlita les dijo que tenían que traer una piñata para celebrar el día de Santo Tomás de Aquiles, pero había una condición, la piñata debía estar hecha a mano, nada de ir a comprar nada a la librería ni al supermercado. La maestra aclaraba en una nota adjunta, que lo importante es fomentar en los niños el aprender a crear cosas por ellos mismos. Y escuchaba la voz de la mamá diciéndome, pero es que si los pongo a hacer la piñata va a terminar eso dando lástima, además imagínese que yo no sé como hacer una y no conozco a nadie que haga piñatas. Del estrés empecé a hacer llamadas,  le estaba preguntando a las mamás de las compañeritas de Karlita pero tampoco saben, bueno un par de esas no me contestaron, se hicieron las que no estaban en la casa para evitarse la fatiga, y yo ahora tengo que pasarme el sábado corriendo como loca buscando de dónde me saco esa piñata. Me río solo en la acera de mi imaginación.

A dos casas de llegar a la mía me invade el olor a maduro frito y ahora sí que se me alborotó el hambre. Estoy pensando en qué podría tener mi mamá de comer, lloro contra el escritorio de la nostalgia, atacado sin misericordia por la impotencia. Sigo acercándome a mi casa. ¡Federico! me saluda la hija de la vecina. Me quedo hablando un poquito con ella, está en shores y lleva puesta una blusa rosada con unas palabras en inglés que no distingo bien porque el pequeño escote que se forma me vuelve la concentración a cero. Me pregunta ¿cómo estuvo el viaje?, le digo que estoy cansado que tengo mucha hambre, pero todo lo respondo con una sonrisa tranquila. Aunque este encuentro dilata mi llegada, no estoy para nada enojado de que me aborden de esa manera, de todas maneras necesitaba que alguien me hablara. Esta muchacha tiene 19 años, algunos años menos que yo, probablemente esté soltera y sobra decir que desde mi punto de vista, la muchacha está bastante guapa. Me despido, le doy un beso en la mejilla. Un beso de una fracción de segundo, que de pronto se convierte en una acontecimiento lento y pausado, me da tiempo de sentir su olor de recién bañada, sentir la suavidad de su cara y hasta siento su aliento. Los sentidos se agudizan gracias a las hormonas masculinas, a estas edades esos acontecimientos se vuelven tan necesarios como un cigarrillo para los adictos a la nicotina. Ella no me atrae particularmente, es decir, en el sentido serio, si me pongo a pensar en una vida juntos.

Sigo caminando hasta el portón de mi casa y saco las llaves, una, dos vueltas, me tiembla la mano, abro la cerradura, jalo la manilla, empujo el portón de metal, subo el pie en el pequeño escalón del corredor, entro, cierro el portón y vuelvo a pasar doble llave, aprovecho para ver las casas de enfrente, todas iluminadas, se oyen el rumor de los televisores y uno que otro plato chocando. Doy vuelta, atravieso el corredor y entro en la casa, me llegan los primeros sonidos familiares, el televisor con la novela, mi mamá que habla por teléfono con quién sabe quien, mi papá que junto con su ayudante limpian el patio para dejar todo listo para mañana. Dejo las cosas en el piso y me siento en el sillón de la casa, hago una pequeña pausa antes de decir que ya llegué. Me quedo con la mente en blanco resignado en mi verdadera realidad, tal vez unos cinco minutos mirando la ventana mientras el invierno vuelve los ventanales fríos e intocables, es mejor tomar mi abrigo y mis cosas y devolverme al apartamento. Tengo que seguir luchando.

   * * *

Published by J. Sánchez Guevara

Mathematician teaching at University of Costa Rica, PhD (Université Paris 7) I love nature, movies and writing. jesus.sanchez_g@ucr.ac.cr

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