Cucarachas

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Relato – cuento corto

Desde pequeñita mi hermana le tenía miedo a casi cualquier tipo de insecto. A mi mamá parecía incomodarle mucho esta inclinación de mi hermana y la miraba con desconfianza, mientras que a mí, mediante gestos complacientes de todo tipo, me transmitía su orgullo de que yo no sintiera esas mismas cosas.

La primera vez que me di cuenta del temor de mi hermana fue cuando mi mamá olvidó guardar un pedazo de pan dulce y lo dejó sobre el azulejo de la cocina. Habíamos terminado de tomar el café de la tarde y luego de que nos levantamos de la mesa, yo me fui a echar en el piso del corredor al lado de la cocina a jugar carritos, mientras que mi hermana prefería quedarse viendo en la sala un programa de videos musicales, que para mi edad yo no disfrutaba nada. Ese era el tiempo donde a mi hermana la empezaron a llegar a buscar cada vez más frecuentemente compañeros de la escuela. Se asomaban desde la acera, la llamaban y se quedaban hablando con ella como media hora sin bajarse de la bicicleta, agarrados de las verjas del frente de la casa.

Volviendo a la cocina, el pedazo de pan, como todo alimento dulce abandonado, se fue llenando de hormigas. Estas salían de un huequito en lo alto de la pared formando dos filas verticales que dibujaban la silueta de una señora un poco gorda. Una de las filas iba y la otra venía, las que se alejaban llevaban un trocito de pan, caminaban un poco y se detenían para palpar a las demás, seguro era para no perder la dirección. Estas hormigas eran de un tamaño más pequeño del normal y daban la impresión de moverse lentamente, como si les pesara el cuerpo, de hecho bastaban estas dos características para darse cuenta que eran de las que picaban. Uno normalmente las veía aparecer alrededor de los animales muertos; les encanta la carne y los desperdicios de comida. Pero no sabía que podían hacer tal despliegue de fuerzas por una insignificancia tan pequeña como ese pedazo de pan dulce, seguro estaban pasando algún periodo de hambruna extrema, tal vez mi mamá llevaba varios días limpiando a fondo cada rincón de la casa y por eso, tenían varios días de no encontrar algún ratón muerto y desesperadamente aprovecharon ese pedazo de pan que mi mamá sin darse cuenta les regaló como la última oportunidad antes de una segura muerte en masa. Es cierto, yo les tenía un poco de miedo a este tipo de hormigas negras, pero el miedo que yo sentía era el que a uno lo invita a tener cuidado con ellas, no era para nada un chiquillo miedoso, nada más no quería que me picaran, aunque no sabía qué tan duro picaban.

-¡Uy Dios!¡Maaami! ¡Maaami! -gritó mi hermana mientras se quedaba quieta debajo del arco de madera en la entrada de la cocina.

Yo me voltié para verla, pero no le conocía esa cara de susto. Tenía lo ojos bien abiertos y una expresión de asco. Ella quería irse para la sala pero yo estaba seguro que no se podía mover, estaba inmóvil viendo hacia el azulejo de la cocina. Le temblaba el brazo que le quedó a media altura a la hora de tratar de abrir la puerta de la refrigeradora. Me levanté y me fui a ver a la cocina. No me dio asco ni miedo, pero el pan estaba totalmente cubierto de hormigas y tenia la forma de un rata muerta que aún respiraba. La capa de hormigas formaba una membrana de escamas oscuras que se movía como el vientre de una culebra en media digestión.

-¡Uy qué hormigas más cochinas! -apareció mi mamá y en unos segundos limpió la cocina.

Mi hermana, al no ver más hormigas, volvió repentinamente de ese trance provocado por el miedo y la repugnancia, se fue corriendo para el baño y tiró la puerta. Yo pude escucharla vomitar varias veces.

A partir de ese día le puse más atención a la reacción que tenía mi hermana con los bichos. Mientras tanto, el tiempo pasaba y a la casa ya no llegaban tantos compañeros como antes, sino que ahora casi que solamente llegaba el mismo compañero del colegio. Hablaban todas la tardes en el frente de la casa y mi mamá, una vez al mes, regañaba a mi hermana por la factura del teléfono.

Los miedos de mi hermana continuaron y se sobresaltaba con casi cualquier cosa que se moviera dentro de la casa. Bueno, a los alacranes le tenemos miedo todos, en eso no la puedo culpar, sería injusto; igual con las arañas grandotas que a veces aparecían en las paredes del patio. Mi mamá decía que se llamaban picacaballo y me enseñó a matarlas desde largo tirándoles un zapato. Para cuando aparecían los abejones de mayo mi mamá tenía que poner, con un poco de disgusto, un toldo en la cama de mi hermana. El horror que le tenía a las manadas de esos inocentes bichos era tal, que cuando se hacía de noche mi hermana prefería comer y hacer las tareas en la cama.

Un sábado por la mañana mi mamá sacó el tiempo para bañar a la perra de la casa y sacarle las garrapatas. Claro, ella no lo hacía sola, yo tenía que agarrar a la perra para que mi mamá le pudiera echar agua y enjabonarla. Si uno la dejaba ir, la otra se iba corriendo para el otro lado del patio a escurrirse y restregarse contra el piso y se embarrialaba toda. Mi hermana se quedaba viendo la operación sentada en el escalón de cemento del corredor.

-Si no le diera tanto asco las garrapatas me ayudaría, como su hermano -le dijo de reojo mi mamá.

Mi hermana se quedaba callada viéndonos bañar a la perra. Ese día todo estuvo tranquilo hasta que a mi hermana se le ocurrió levantarse para ir al baño. Primero escuchamos un grito fuertísimo y después un ruido como si alguien le diera un puñetazo a la pared. Mi mamá reaccionó rápido y se fue corriendo para ver qué le había pasado a mi hermana. Ella estaba tirada en el piso del baño con un golpe en la frente que se hizo cuando se desmayó. Como pudimos la acostamos en el sillón de la sala y poco a poco mi hermana fue recuperándose. Cuando se despertó, mi mamá se fue y me dejó cuidándola. Con mucha dificultad mi hermana me contó que, cuando se vio en el espejo del baño, tenía una gran garrapata en la parte de abajo del ojo izquierdo. Cuando salí al patio a decirle a mi mamá, no me dejó contarle nada y más bien me puso a terminar de limpiar el patio.

Mi hermana llegó al último año del colegio con un problema de nervios provocado por otras situaciones parecidas, como libélulas que se metían en la casa, mariposas gigantes que aparecían en la noche colgando de alguna pared, grillos e incluso moscas. Hasta entonces mi mamá creyó que no eran más que sustos que pasaban de vez en cuando; decía que mi hermana, le tenía miedo un poco más de la cuenta a los bichos y nada más. No recuerdo si fuera de la casa le pasaron estas cosas, o por lo menos pienso que ella evitaba contarle a mi mamá, porque es capaz que luego no la dejaban salir con los amigos. El muchacho que llegaba casi todas las tardes, para ese entonces tenía un año de haber dejado el colegio y estaba trabajando. Generalmente él evitaba hablar con mi hermana en la casa y salían los dos a otro lado. Yo creo que mi mamá lo veía de la misma forma que veía a mi hermana.

Luego llego el día en que las cosas cambiaron definitivamente. Siempre ha habido cucarachas en la casa, en realidad en todas las casas. Uno las ve asomadas en los rincones durante el día, o pasan corriendo a toda velocidad por el borde del corredor. Yo llegué a ver unas pequeñitas en la gaveta donde se guardan los cubiertos. Yo no sentía asco ni miedo por ellas, seguro porque al verlas tan pequeñitas no les daba importancia. Era un domingo por la noche, a eso de las siete, mi mamá se había ido a la iglesia y mi hermana y yo nos habíamos quedamos en la casa. Mientras mi hermana estudiaba en una mesita del corredor del patio para un examen que tenía el lunes, yo estaba viendo tele en la sala.

Escuché el ruido de papeles que se caen al suelo y la voz de mi hermana que me llamaba como desesperada. Cuando llegué al corredor, la encontré sentada contra la pared sacudiéndose fuertemente con la manos los brazos, el pecho y la cara. Ella había tirado la mesa, y los cuadernos quedaron desparramados por el piso; tenía los ojos rojos y lloraba diciendo, con un mueca en la cara, ¡que asco!, ¡que asco!, ¡que asco! Un hilo de saliva que llegaba hasta el piso le salía de la boca. Yo no sabía qué hacer con ella. Le traté de dar un vaso de agua pero no lo agarraba y seguía llorando ¡que asco!, ¡que asco!, ¡que asco! En una carrera me fui en bicicleta a la iglesia a buscar a mi mamá. Al final logramos calmarla, pero mi hermana no pudo hablar durante varios días. Cuando pudo recuperar el habla, nos contó que mientras estaba estudiando le había caído encima una cucaracha, y con esa del techo le cayeron más y más cucarachas, ¡dijo que eran un montón! Mi mamá se dio cuenta que el problema se había vuelto más grave, porque yo le conté, y ella vio también, que no había ninguna cucaracha en el corredor.

Unos días después de eso, el muchacho se llevó a mi hermana a vivir con él. No están tan largo, creo que me toma una media hora en bus ir a visitarlos. Mi mamá no se opuso al cambio.

Hace tres semanas que enterré a mi mamá. Es difícil porque me había acostumbrado a vivir con ella en la casa; cuando uno tiene cuarenta y cinco años los cambios no son para nada fáciles. Mi hermana nunca más volvió a la casa y no quiso venir al entierro. Igual no le hubiera gustado ver que cuando mi mamá estaba ya lista en el ataúd, tuvimos que limpiarla de nuevo porque de la boca le estaba saliendo un hilo de cucarachas, de esas pequeñitas que no hacen nada.

 

* *  *

Published by J. Sánchez Guevara

Mathematician teaching at University of Costa Rica, PhD (Université Paris 7) I love nature, movies and writing. jesus.sanchez_g@ucr.ac.cr

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