En el bus de Barrio Escalante

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Relato – cuento corto

Aunque nunca lo había hecho, al menos lo intenté. Pensé en quedarme esperando en Soda La U hasta que ella apareciera en la parada de buses de Barrio Escalante. Como no había mucha gente, pude sentarme en una mesa donde veía sin problemas la parada. No estaba seguro de cuánto tiempo iba a esperar, mi única información era que como a esa hora ella salía de clases y se iba en bus a su casa.

Rápidamente descubrí que esta idea no era una verdadera opción para mi limitado presupuesto. Sí, es cierto, pude darme cuanta antes, sin embargo, en las películas se ve tantas veces a la gente esperando en un café sin nada en la mesa, que uno cree que también puede hacer lo mismo. Pero no. Un señor de los que trabaja ahí me lo dejó bien claro, si no iba a consumir, no podía quedarme. Pero no importa, al fin y al cabo ando el paraguas de mi papá y la lluvia no es tan fuerte.

Caminé un poco y a dos negocios a la derecha de soda U encuentro un techo de una fotocopiadora. No está mal, igual puedo ver bien la parada. Repaso cuanta plata tengo, suficiente para los pases y un poco más para un café o una cerveza. Ojalá que me alcance.

Lo más incómodo de esperar es no tener nada que hacer. El libro que ando en el bulto no lo voy a sacar con esta lluvia, tampoco quiero sacar el celular porque me da miedo que me asalten. Entonces, para la espera, lo que hago es ponerme a leer la lista de folders de la fotocopiadora. Mientras la leo, puedo contarles cómo es que estoy aquí, mojándome en la lluvia, esperando a alguien en la calle de la amargura.

La dichosa muchacha hace tres semanas es compañera mía en generales. Nunca nos hemos hablado, pero quiero hablarle. No sé por qué no le hablo, siento que es difícil empezar de la nada una conversación en el aula. Tampoco pude hacer ningún grupo con ella, porque bueno, no se me dio la oportunidad. Pero ella me interesa bastante. Yo la veía mucho y un día se me ocurrió que podría intentar algo con ella.

¿Cómo? No sé de dónde me vino la inspiración, pero se me ocurrió que podría casualmente subirme en el mismo bus que ella, hablarle y luego invitarla a tomar algo. Hasta ahí, todo muy bien. Lo que pasa es que es la primera vez que hago algo así.

Ella me parece muy guapa y me encanta como habla. Pero tal vez, lo que hizo que lo intentara así con ella, fue que una vez le vi entre sus cosas un libro con una portada medio llamativa. Inmediatamente apunté el nombre del autor, Rushdie. Como nunca lo había leído, ni tenía idea de quien era, busqué un poco de información sobre él. Al día siguiente estaba yo entre los estantes del primer piso de la Biblioteca Carlos Monge buscando el mismo libro que ella estaba leyendo. Lo encontré, era un libro enorme, había sólo una fotocopia a doble página. Empecé a ojearlo y la letra pequeña poco a poco me fue generando un sentimiento de impotencia. Cerré el libro, lo tomé entre mis brazos y caminé despacio hacia la ventana. Desanimado, mientras veía la fuente del pato ahorcado, me dije que… no lo iba a leer.

La verdad es que no soy tan lector; me gusta, es sólo que este tipo de libros me sobrepasa. ¿Quién sabe?, tal vez algún día aprenda a leerlo. Igual quiero intentarlo con ella y por eso pensé que era una buena idea todo esto del bus. Es decir, si todo sale bien, creo que a ella le va a gustar mucho que le cuente esta parte de la historia.

Conforme pasa el tiempo en la fotocopiadora, mi nerviosismo crece. Leo los folders pero no logro retener los nombres. De hecho, ni siquiera logro comprender las explicaciones de los contenidos. A la mitad de la lista, paro un momento, me veo las manos y están sudando. Esto se me sale de control. Trato de calmarme un poco y me las limpio restregándolas contra mi pantalón. Eso me recuerda que en la mañana cuando me estaba alistando, estuve a punto de ponerme una camiseta y un pantalón nuevos. Pero luego pensé, si a ella no le gusta como ando siempre, tal vez no me interese tanto. Así que decidí vestirme con la misma ropa de siempre, pero con la mejor ropa de siempre.

Entonces, estoy medio mojado, vigilando la parada de Barrio Escalante con un constante flujo de sudor en las manos, sin idea de cómo se llama ella y tampoco si tiene novio. No me estoy haciendo ilusiones, sólo es que ella me gusta y no sé, creo que esto puede salir. Pero existe la posibilidad de que no le emocione mucho que yo le hable y me haga mala cara. O que no me hable del todo mientras yo me quedo con el saludo en la boca. No me sirve pensar en esto, me estoy empezando a preocupar demasiado. No sé si vale la pena quedarme aquí, a esta hora tengo laboratorio de Química I, y no es algo a lo que debería haber faltado.

Me consuelo con el hecho de que si hago el esfuerzo y todo sale mal, tal vez la próxima vez al intentar algo con otra muchacha, no voy a sentirme tan nervioso. Además, dicen que este vértigo mental es parte de la vida. Que si uno sabe como van a pasar la cosas, tal vez, no sería tan emocionante. Claro, me estoy arriesgando mucho, pude nada más haberle hablado en clases y listo. Pero yo sentí que tenía que hacerlo así, es como un impulso.

En fin, me tengo que salir de la fotocopiadora porque el encargado ya me está empezando a ver feo. Abro el paraguas y veo hacia la Carlos Monge y siento que de pronto las piernas me empiezan temblar. Ahora sí, aquí es donde todo empieza, hay que hacer correr el plan porque esa que viene allá es ella. Me muevo hacia la parada, cruzo la calle y me encuentro con la gente haciendo fila. Si hago fila ya, puede ser que agarremos buses diferentes o peor aún, podría no encontrar campo a la par de ella. ¿Cómo hago? Lo que se me ocurre es quedarme disimulado un poco más allá del final de la fila, para que no me vea y yo luego, puedo meterme en la fila una o dos personas después de ella.

Espero. Estoy demasiado tenso. Veo para todos lados, pero constantemente me fijo por donde viene. Ya viene. Va por la esquina donde hay otra fotocopiadora. Se fija para cruzar la calle, corre para pasar antes de un taxi. Me asusté un poco, pensé que la iban a atropellar. No aguanto tenerla tan cerca, me le quedo viendo. Qué pelo más bonito, se le desordena rebeldemente mientras avanza apurada. Me emociono, el corazón me late muy fuerte, me gusta tanto, se ve tan bien en movimiento. Suave un toque. Siento un bajonazo junto con una súbita desilusión, seguida de un pesado sentimiento de confusión. Esta extraña también es muy bonita, pero no es ella. Me pasa a la par y sigue su camino por la calle de la amargura. No era, no era, no era.

Tranquilo, ahorita aparece. Por dicha no llueve tanto. Quédese ahí, no pasa nada, vea que no está tan mojado y, y… ¿y si no aparece? Intentemos otro día, vámonos, no importa, le hablamos otro día. Mejor me quedo. Al final no es tan complicado, es simplemente empezar a hablar con alguien. Vamos a concentrarnos. Fíjese bien, vea bien a la gente.

Llega el bus de Barrio Escalante. Esta vez es uno grande, no la buseta. Sin muchas ganas me vuelvo a fijar si ella viene de la U y luego volteo hacia la gente de la fila… ¡pero si ella se está montando! ¿Cómo no la vi? Me apuro a hacer fila sin pensarlo mucho. Ojalá que se me dé la oportunidad de por lo menos sacarme esta angustia.

Respiro fuerte, ánimo, no pasa nada. Cuento de nuevo los pases, ciento cincuenta colones en dos monedas de cincuenta y dos de veinticinco. Los cuento otra vez mientras me tiembla la mano. Cierro un momento los ojos. Mejor no lo hago. Mejor lo hago. Tomo un gran respiro y me subo al bus. Las gradas son demasiadas, deberíamos tener buses sin escalones. Saludo con una voz insegura al chofer y pago el pase.

Ahora, debo decir que nunca me había sentido tan agitado en mi vida. Empiezo a sentir miedo. Ni siquiera se dónde puede nacer el miedo de una situación como ésta. No me acuerdo ni de mi ropa mojada. Es increíble, yo no tenía la menor idea que uno podía sentir algo así.

En el pasillo del bus, mis pensamientos me vuelven a hacer más difícil la tarea. Me dicen dar media vuelta y dejar todo, irme por ahí. Sin embargo, pienso en el remordimiento que puedo tener luego. Me paso la mano por el pelo al mismo tiempo que levanto la mirada hacia el pasillo del bus. Ignoro todos los peros de mi cabeza, estoy decidido, éste es el camino que voy a tomar. No siento nada, no sé qué estado es este, me siento diferente. Avanzo por el pasillo y la veo. Está sentada junto a la ventana y el campo del pasillo esta libre. Camino seguro para sentarme al lado de ella, estoy en modo automático, ya casi, ya casi.

Toda la inseguridad aparece de nuevo cuando una señora delante mío, ajena a mi plan, va y se sienta a la par de ella. Respiro, miro para otro lado y me siento dos filas mas atrás, pidiendo que por favor la señora se baje rápido. ¿Qué puedo hacer? Por ahora las opciones que tengo son, que la señora se baje antes o que el bus explote en llamas al caer en uno de los tantos huecos asfálticos, ahorrándome las preocupaciones y dejándome la conciencia tranquila, porque yo tenia toda la intención de hacerlo.

Me veo las manos. Siento que incluso los dedos de las manos me laten. Ahora todos los órganos de mi cuerpo empiezan a moverse en una gran latido. Para distraerme, me arreglo el cuello y veo la hora en el teléfono, son las cuatro y veinticinco de la tarde. Tomo un respiro más y luego de la rotonda de la bandera, la señora pide parada. El juego continua. Todo se acelera. Empiezan de nuevo las emociones, el asiento está libre, tengo las manos frías, aprieto los puños fuertemente. Vamos. Me levanto para cambiarme de campo.

-Hola! ¿Cómo estás? Le dije mirándola con una sonrisa nerviosa.

-Bien, todo bien. Vos estás en generales, estamos en el mismo grupo.

-Sí, sí, somos compañeros.

Estaba muy asustado. Las frases me habían salido con un temblor en la boca. Un frío enorme recorría todo mi cuerpo. Y de pronto, cuando dirijo la mirada hacia el frente del bus, mis nervios sobrecargados decidieron dejar de funcionar y todo se apagó. No podía sentir mis emociones. Se apoderó de mi cuerpo una sensación de ligereza. El tiempo empezó a correr lentamente a mi alrededor, haciendo que la luz que entraba por las ventanas describiera grandes arcos dorados que chocaban contra todas la paredes.

¿Qué se hace cuándo estás sentado con el potencial amor de tu vida, con la mujer con la que vas a construir una vida? Por cierto, espero que mi amor no sea muy delicada con la comida, sí, porque quiero comer muchísimas cosas. Sólo pienso en cuando nos pongamos a planear y hagamos finalmente ese viaje tan deseado a París, porque definitivamente nosotros, la extraña de al lado y yo, nosotros como almas gemelas, como dos átomos que en lados opuestos del universo emitimos coordinadamente nuestros rayitos de radiación, tenemos dentro de nosotros dos, el deseo de conocer la ciudad de los croissants.

Nos sentaremos en uno de esos cafés, boulevard Saint-Germain, a hablar de cómo nos conocimos de pura casualidad en el bus de Barrio Escalante, mientras mirándola a los ojos, los pequeños minions que me controlan observan con recelo el botón que me hace ser sincero y se recuerdan mutuamente el acuerdo firmado años atrás donde no se revelará nunca que ese encuentro en el bus, no fue casualidad.

-¿Te acuerdas mi amor?

-¿Cómo no acordarme?, le diré mientras acomodo en mis brazos al segundo nieto fruto de nuestra segunda hija, una reconocida médica neurocirujana, que en este momento debe de estar en los Estados Unidos en una serie de conferencias, compartiendo con la comunidad científica los frutos de su más reciente investigación sobre un método de reconstrucción de imágenes de recuerdos, a partir de una serie de mapas de impulsos eléctricos. Sus resultados fueron tan importantes que ahora forman parte de los primeros pasos reales hacia la preservación de la conciencia de las personas. Ahhh, cuando veo a mi hija, veo a la mujer con la que me casé, a esa misma que llegué a conocer de pura pura casualidad en un bus.

-Muchacho, muchacho… ¿está bien? ¡Muchacho!

Cuando me habló, seguro estaba yo en la parte donde, de la mano, tomábamos café en París.

-Uy muchacho, es que tengo que salir, ya me voy a bajar.

Mi amabilidad estaba en automático y me hice a un lado de una manera inconscientemente mecánica. El sentimiento de decepción no apareció sino hasta unos minutos más tarde, cuando mi querida imaginación decidió que ya era hora de hacerme consciente de lo que sucedía a mi alrededor y encontrarme con que el potencial amor de mi vida me dejó un campo vacío en el bus de Bario Escalante.

 *  *  *

Published by J. Sánchez Guevara

Mathematician teaching at University of Costa Rica, PhD (Université Paris 7) I love nature, movies and writing. jesus.sanchez_g@ucr.ac.cr

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